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AISLADO: una historia en los Pirineos

AISLADO: una historia en los Pirineos

Cuando me puse a hacer la primera web de Mipanas buceando por la red encontré este articulo y el mismo me gusto y lo incluí en la misma, lo curioso del caso es que ha sido con creces el articulo mas leído de todos los publicados, por lo que me he animado a volver a incluirlo, espero que en esta nueva etapa de la web tenga la misma aceptación que tuvo en las anteriores.

 

En el mercado de Graus siempre había alguien que acababa preguntándole: «¿Y tú qué haces con cerca de cuarenta años sin haberte casado?» Entonces Jaime Cros doblaba todo lo que podía el arco de las cejas, echaba afuera un hondo suspiro, respondiendo acto seguido: «Una mujer difícilmente se haría a la vida de mi pueblo.» Su pueblo se llamaba Mipanas, y como tal sólo conservaba el nombre. Allá regresaba Jaime en su descuajeringada furgoneta, tras haber vendido su pequeña carga de trufas en el mercado de Graus. Según se desviaba de la carretera principal que conducía a Aínsa, no hacía más que pensar en los detalles de su particular situación como único habitante del antaño populoso municipio de Mipanas.

Con el ensañamiento de un cáncer, se había extendido la despoblación a aquella inhóspita comarca de los Pirineos aragoneses. Los montes y barrancos del Sobrarbe no eran lugar para labrar el futuro de nadie. Durante los años sesenta del pasado siglo el flujo migratorio alcanzó índices desproporcionados. Las aldeas de los apartados valles pirenaicos perdieron casi todos sus pobladores. Mipanas, pese a no hallarse emplazada en las faldas más abruptas de los Pirineos, tampoco fue una excepción, y así, ya en los umbrales del tercer milenio, sólo quedaba allí Jaime Cros como único habitante.

Sin embargo, ese aislamiento era la opción elegida libremente por Jaime. No le importaba que no hubiera una buena carretera para llegar a Mipanas, si así se podía llamar a ese camino de cabras sembrado de baches y pedruscos. Tampoco le inquietaba que la ruina se hubiese enseñoreado de Mipanas, habida cuenta de que ya no quedaba una casa que no estuviera en trance de desmoronarse al menor temporal. Jaime amaba aquel lugar. Le agradaba la ancha panorámica del pantano del Grado que divisaba desde el mismo umbral de su casa. Le emocionaba sobremanera el adusto repique de las campanas del Santuario de Torreciudad, que a lomos de los vientos empalagaban el ambiente de su aldea desahuciada... Había de ser cuando menos importante la razón que ataba a Jaime Cros al aislamiento de Mipanas.

No pudiendo hacer otra cosa en su aldea deshabitada, Jaime ejercía el oficio de trufero. Todos los días que le permitían las copiosas nevadas, se desplazaba en su decrépita furgoneta a los agrestes parajes del valle de Añisclo, en busca del tan preciado hongo. En esta tediosa tarea se valía del auxilio de un viejo sabueso, que a la sazón era toda su compañía, amén de las gallinas y los conejos del redil de su solitaria casa de Mipanas.
A pesar de su vida de eremita, Jaime no estaba solo del todo. Tenía a su disposición los adelantos de las telecomunicaciones, tales como conexión a Internet y abono a Vía Digital. Ninguna de las horas que pasaba en Mipanas estaba vacía: o bien chateaba empedernidamente, o bien se tragaba todas las películas interesantes que se pueden ver en los canales de pago.

Muy esporádicamente, sobre todo a la llegada del buen tiempo, algún turista aventurero asomaba la nariz por allí, y no dejaba de manifestar asombro al toparse con Jaime en un pueblo que bien podía calificarse como pueblo fantasma. Siempre le cuestionaban el motivo de permanecer en Mipanas. Y él se hacía entonces el desentendido, reservando su secreto para únicamente sacarlo a relucir en el anonimato de las interminables sesiones de chat.
Casualmente, yo me encontraba en el mismo salón de chat que él frecuentaba, una de las veces en que desveló lo que su corazón ocultaba con singular afán. No pude por menos de imprimir lo que Jaime dejó escrito en la Red:

Irene Tellas era la niña con la que yo jugaba siendo niño. Al cabo de los años nuestra amistad se convirtió en amor. Y entonces su familia tomó la decisión de marcharse del pueblo. Creo que fueron a Barcelona. Al despedirse, Irene me prometió que algún día regresaría al pueblo. Por esta razón sigo aquí y seguiré mientras me quede un soplo de vida.

Los integrantes del chat nos solidarizamos con Jaime, y algunos hubo, sobre todo los residentes en Barcelona, que empezaron a hacer gestiones para dar con el paradero de Irene Tellas.
Mientras tanto, durante las eternas noches de invierno, Jaime nos refería la tristeza que se había apoderado de la comarca del Sobrarbe. Hacía tal frío que los dedos se le quedaban rígidos sobre el teclado del ordenador. Nevaba incesantemente, y, cuando no, caía una lluvia tan fría como la misma nieve. Se habían formado placas de hielo en las orillas del pantano del Grado. Jaime no podía pensar en acercarse al valle de Añisclo, pues las carreteras estaban cortadas y los desprendimientos de roca y nieve eran harto frecuentes. Una vez permaneció dos días sin suministro eléctrico a causa de una violenta tormenta que se desató sobre las montañas. Triste era Mipanas en el buen tiempo, pero con la llegada del invierno el panorama se tornaba patético. Las campanas de Torreciudad eran de lo poco que alegraba el ánimo de Jaime Cros. Sin la ventana al mundo que representaban Internet y Vía Digital, ya haría tiempo que Jaime hubiese enloquecido.

De este modo prosiguió nuestra comunicación con Jaime hasta que un buen día, de golpe y porrazo, dejamos de tener noticias suyas. Por espacio de varias semanas no supimos nada de él. Empezamos a concebir el temor de que le hubiese sucedido un percance en su aldea desolada. Pero cuando el verano se acercaba volvimos a ver su añorado alias en la pantalla del ordenador.

Entonces nos encontramos un hombre diferente al que conocíamos de antes, motivo a que había tenido lugar un importante acontecimiento en su vida. Pasó, eso sí, muy malos momentos aquel invierno. Comenzó a volverse apático en sus costumbres, e incluso llegó a perder el apetito. Permanecía largos ratos tendido en la cama, sin acordarse siquiera de encender la estufa. Lo único que hacía con un cierto sentido de responsabilidad era alimentar a los animales de su corral. Luego volvía a la cama y se quedaba sumido en una especie de duermevela hasta que alguna necesidad lo obligaba a levantarse de nuevo. Entretanto, afuera de la casa rugían los vendavales más feroces del invierno, la nieve lo cubría todo con un blanco sudario y las campanas de Torreciudad apenas si se oían.
Así siguió la cosa hasta que la nieve comenzó a fundirse, los cielos se descubrieron y el canto de los pájaros se dejó oír tras largo tiempo. Jaime salió de su casa a tantear el pulso de la recién estrenada primavera. El pantano del Grado refulgía con un precioso color zafiro. Los árboles se salpicaban de verdor, y los torrentes corrían por las laderas de las montañas que era una delicia contemplarlos. El ánimo de Jaime se fue haciendo también eco del despertar primaveral, y pensó que ya estaba bien de imitar a los osos en su letargo estacional. Ese mismo día se dio un buen baño, se rasuró con especial esmero, puso en marcha la furgoneta y se encaminó al valle de Añisclo para reanudar sus quehaceres cotidianos.

La jornada no se dio mal: al regreso traía nada menos que un kilo de trufas, lo cual le venía como anillo al dedo, ya que al día siguiente era lunes y se celebraba en Graus el mercado semanal.

No había hecho más que entrar en Mipanas cuando presenció algo que le dejó unos segundos sin respiración. En la casa que antaño fuera de la familia de Irene Tellas se percibía la inconfundible soflama de una hoguera.
Temiendo que allí se hubiera alojado un vagabundo con intención de pasar la noche bajo techado, Jaime se armó de valor y marchó a ponerle las cosas claras al intruso: nadie podía adueñarse, así por las buenas, de la casa en la que habitara su amor de juventud. Accedió como una tromba al interior del ruinoso recinto y se encaminó hacia la cocina, pues de allí procedía la luz de las llamas. Al llegar al quicio de la puerta de la cocina, se quedó paralizado por la emoción. Enfrente de él se encontraba la mismísima Irene Tellas, aunque veinte años más madura, que en nada desmerecían a su belleza de otro tiempo.
Tras las consabidas fórmulas de saludo, Irene Tellas le ofreció asiento a Jaime para dar comienzo a las explicaciones pertinentes.
-Me quedé viuda hace unos años -decía ella con voz pausada-. Tengo una hija adolescente, y he de luchar por abrirle camino en la vida. Me ocupo de una portería en Barcelona. Hace unos días vino un hombre a verme. Me dijo que te conocía a través del Internet. También me informó de tu intención de no marcharte de aquí hasta que yo regresara. He venido en cuanto el tiempo me lo ha permitido. Pero sólo podré quedarme hasta mañana.
Jaime tenía los ojos fijos en las llamas. No era capaz de desentrañar el sentimiento descomunal que se había posesionado de su alma. A veces resulta turbador cerciorarse de que un sueño se vuelve realidad.
-Te amo -le dijo a Irene tras un prolongado silencio.
Aquella noche la pasaron juntos, cobrándose ambos de la deuda de amor que había quedado pendiente durante todos esos años. Jaime tenía la misma sensación que produce descorchar un vino precioso que ha estado largos lustros madurando en una bodega olvidada. Su mente no razonaba; únicamente podía sentir con la furia de un volcán.
A la mañana siguiente, Irene le ofreció irse con él a Barcelona. Le vendría bien la ayuda de un hombre en la portería. Nada les impedía ahora vivir juntos el tiempo que les restara de vida.
En cuanto empezó a considerar la idea de abandonar su casa de toda la vida, le sobrevino a Jaime algo así como un vértigo. No le seducía la perspectiva de integrarse en la vorágine de la gran ciudad. Ya se veía mayor para pegar el gran salto.
-Irene, quiero quedarme -le confió a su amada-. Si me voy a Barcelona, dejaría de ser yo mismo... y ya no te interesarías por mí.
-¿Cómo puedes estar tan seguro si no lo intentas? -replicó ella.
Jaime dirigió su mirada a la inmediata pared, toda ella roída por la humedad de muchos inviernos. Luego los ojos se le fueron más allá de la ventana, y se deleitó en la contemplación de los campos, radiantes por la despuntante primavera.
-Si me marchara -continuó diciéndole a Irene-, Mipanas moriría del todo. Yo soy su último latido de vida, y además he de alimentar a los animales de mi corral.
-En Barcelona vivirías mejor -se obstinó Irene.
-No viviría mejor porque me acordaría de mi pueblo, igual que aquí me he acordado de ti. Esta es mi vida y esta es mi tierra; sólo te puedo ofrecer el compartirlas.
Irene rehusó de entrada su ofrecimiento, puesto que toda su vida radicaba en Barcelona y en Mipanas el hastío acabaría minando su espíritu amoldado a las rutinas urbanas. Tras un largo intercambio de pareceres, llegaron a una solución intermedia: Jaime se dejaría caer de cuando en cuando por Barcelona, lo mismo que Irene en lo que a Mipanas concernía.
Aquella tarde Jaime llevó a Irene en su furgoneta a Barbastro, para desde allí tomar el autobús de línea a Barcelona. Con la certeza de un próximo encuentro, no vieron la necesidad de una despedida en exceso emotiva. Jaime se quedó a ver cómo el autobús de Irene abandonaba la estación. Luego permaneció como alelado en la plaza de Aragón, frente a la terminal de autobuses.

Habían asomado las primeras estrellas cuando decidió dar una vuelta entre los árboles del paseo del Coso. No tenía prisa por regresar a su casa. Por mucho que le extrañara, no lograba encontrar en su alma el menor rastro de melancolía. Se sentía inopinadamente feliz y a gusto en su soledad, pues sabía que era estupendo mantener la esperanza a todo trance, sin desfallecer jamás. Era maravilloso pensar que no tardaría en reunirse de nuevo con Irene.

Todo esto fue lo que nos contó al cabo de su largo intervalo de silencio en la Red. Parecía que en el chat no había otras palabras que las suyas.

El jardinero de las nubes.

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